Excusa si me excuso

A decir verdad, desde que tengo uso de razón, me he considerado una persona a la que le gusta conocer y saber. Hoy puedo darme cuenta de que este tipo de comportamiento tiene que ver más con el ego, es decir, con mi personalidad fabricada que con mi espíritu. Digamos que he identificado que mi ego es un híbrido entre sabelotodo y desconfiado, pues tiene por costumbre no tomar como cierto nada de lo que escucha hasta que lo pasa por el filtro de la investigación. Mi espíritu, por el contrario, vive en un estado de relajación y de tal claridad que no tiene que cuestionarse nada, sabe que es parte de una inteligencia infinita y que la energía habla.

Esta introducción pone la mesa para contarte querido lector que últimamente ronda por mi mente el querer saber desde cuándo es que los humanos comenzamos a excusarnos con excusas, valga la redundancia. La pregunta en concreto sería:

¿Desde cuándo excusarse con excusas se convirtió en un comportamiento?

Mi ego sabe de sobra que éste no es un planteamiento exclusivo de mi mente racional, pues antes de mi,  seguro ya se lo habían cuestionado miles de pensadores mejor conocidos como filósofos . Sin embargo, yo ciudadana de a pie tengo esta incógnita y mi ego la necesidad de demostrarte que algo que damos por hecho, no ha sido parte de la humanidad por siempre, pues no imagino a los primeros pobladores de la tierra haciendo ruidos, sonidos o señales de humo explicando a otro ser que no les fue posible llegar a determinado lugar o encontrar comida porque se les atravesó alguna situación de por medio imaginaria para salir del paso, “del compromiso”. Y… es que creo que en esa época no existía eso que conocemos como “compromiso”, pero ojo, con ningún significado, ni entendido como: elección que contraigo por voluntad propia, ni como: obligación contraída que me siento forzado a cumplir.

Y no existía por varias razones: una de ellas es porque no existía el leguaje como lo conocemos hoy, mucho menos una palabra con esa carga semántica, lo cual nos recuerda que el lenguaje es un invento del hombre basado en sus vivencias, y poner excusas no era para los primeros pobladores la orden del día.

Otra razón es porque en esos tiempos todavía no se conocía lo que hoy entendemos como “sociedad” o “desarrollo social” que no es otra cosa más que relacionarse con otros.

A mi entender, el hombre a medida que se desarrollaba  fue interpretando  que muchas de las cosas que necesitaba para vivir estaban fuera de él. Así, a diferencia de los animales que ya nacen con las condiciones necesarias para soportar frío y calor, el hombre tuvo que hacerse de vestimenta, techo y comida. Lo anterior se conoce en nuestros tiempos como bienes materiales y la sociedad se organizó para crear un sistema más civilizado a través del cual conseguir dichos bienes y es ahí que le damos la bienvenida a la palabra trabajo y con ella  al compromiso, a la familia, a las relaciones y  a todo lo que tenga que ver con interactuar con otros. Por esta razón me atrevo asegurar que es ahí donde nacieron las excusas.

Las excusas son esas cosas que decimos para disculparnos y liberarnos por no hacer algo. Para mi son perfectos disfraces tras los que ocultar la culpa y la falta de decisión. Además creo que son frenos que le ponemos a la evolución.

Me da la impresión de que las excusas, aunque quizás nos parezcan útiles para relacionarnos, pasan facturas muy altas, ya que su precio, por lo general nos lleva al contexto del no hay, no tengo, no puedo, me fue imposible, no fue mi culpa, no tenía como y varias más. Es la casa del estancamiento, un papel tapiz que parece acogedor ocultando una zona de confort.

Las excusas son auto sabotajes  y al igual que los chantajes, me atrevo a decir que son un insulto a la inteligencia del otro, pero más grave aún son una falta de reconocimiento y amor por lo que somos. Son un no saber decir no y punto.

“Dejar de excusarte es dejar de limitarte para por fin liberarte y ser capaz de expresarte”.

Por Marisa Gallardo

 

 

 

 

 

 

 

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